dijous 21 de maig de 2009

Relato: ETT

"ETT"

Basado en hechos reales


Empiezo a escribir esto con una advertencia; sí, ya sé que no es la mejor forma de comenzar. De acuerdo. Pero me veo en la obligación. Soy un tipo con principios; de los pocos que quedan. Bueno, más bien era un tipo con principios; ahora soy un tipo con principios y en la cárcel. Al menos aquí estoy seguro. De momento. Hasta que me encuentren, y no creo que tarden demasiado. Son listos los muy hijos de perra. ¡Vaya si lo son!

Bueno, ahí va mi advertencia; pero no os riáis, por favor, vosotros no. Ya lo hicieron mi mujer, mis hijos, los abogados (sí, incluso el que me defendía), el juez y mi quiosquero; incluso Vandam, mi perro, se rió de mí. Estoy seguro: esa forma de arquear la ceja y de torcer la boca era su particular manera de partirse el culo a mi costa.

Joder, veo que esto de escribir no es lo mío, pero no me lo tengáis en cuenta: me he dedicado toda la vida a los dientes (y no, no soy dentista), soy fresador: hago engranajes. De todos los tamaños: desde los más pequeños para relojes hasta los más grandes para centrales hidroeléctricas. Total, veinticinco años haciendo las ruedas que mueven el mundo y, catapún, recorte de plantilla y de patitas en la calle. Yo, a mis cuarenta y tres, y en la puta rue… ¡Eh! ¿Habéis oído eso? Ah, no, nada. Es el zumbado de la celda de al lado. Según él, hay una conspiración global preparándose para lavarnos los cerebros a todos; pobre, si supiera la verdad… En fin...

Pues a lo que iba: como el paro no da para mucho, pronto empecé a buscar trabajo. ¿Sabéis lo que piden sólo para limpiar la caca de los que limpian la caca? Diplomatura, máster en control de calidad, inglés, sofimática (o algo así relacionado con los ordenadores), cinco años de experiencia, tener todas las multas pagadas, las uñas limpias y saberse todos los putos reyes godos… Así que me tiré varios meses pateándome arriba y abajo mil empresas (currículo, fotografía reciente, número de la seguridad social, cuenta bancaria y carta de recomendación, por favor), forzando las sonrisas de cientos de repelentes secretarias (un momento, por favor, el señor Pérez le atenderá en breve) y aguantando (si un compañero suyo decide faltar al trabajo con la excusa que está enfermo, pero en realidad faltará porque quiere ir a hacer cola para comprar unas entradas para un concierto, ¿usted qué haría?) las preguntas de millones de paranoicos jefes de recursos. Por nada. Cero. Ya le llamaremos.

Releo lo escrito arriba y veo que he empezado con lo de la advertencia y todo el rollo y va y me lo dejo. En fin. Disculpadme, lo mío son los dientes, ya os lo he dicho. En esto de escribir soy un novato. Igual que con la sofimática: me costó lo mío poder encender el portátil y encontrar el condensador (¿o era compresor?) de textos con el que escribo estas líneas. Por cierto, seré un negado con esto de los ordenadores, pero no tonto. No sabré distinguir un pecé de un apel o como se diga, pero lo que sí sé ver a la legua es si una cosa es madeinchina, o no. Esos hijos de perra tienen unas maquinitas iguales a las nuestras. Pero sólo por fuera. En realidad, no tienen nada que ver: las suyas hacen muchas más cosas. Infinitas más. Y las saben utilizar los muy hijos de perra, ¡vaya si lo saben! Nos hacen ver lo que quieren. ¡Vaya si lo hacen!

Total, al final fui a uno de aquellas oficinas, ETT las llaman. Empresas de trabajo temporal. Bueno, mejor tener un trabajo temporal que no tenerlo, ¿no? Y hubo suerte: al cabo de unos días recibí una llamada: habían aceptado mi solicitud y podía incorporarme al trabajo el lunes siguiente.

Llegué temprano. Quería dar buena impresión. Aparqué el coche en el parking y contemplé el edificio. La nave era enorme, impresionante; lo último en diseño. Me acerqué a la entrada principal, di un par de últimas caladas al cigarrillo. Levanté la mirada mientras echaba el humo cuando vi que la cámara de seguridad me enfocaba directamente; habría jurado que al acercarme no enfocaba en esa dirección. Me apresuré a esconder el cigarrillo y apagarlo fuera del campo de la cámara: quería dar buena impresión mi primer día de trabajo.

Lo primero que me llamó la atención cuando entré en recepción fue la poca luz que había en la estancia. Mis ojos tardaron un buen rato en adaptarse a tal oscuridad.

—¿Señor Gandarillas?

¡Joder!, casi solté. Menudo susto me había pegado la muy…

La voz provenía de un punto a mi izquierda.

—Sí…

—Ah, señor Gandarillas, lo siento. ¿Le he asustado? Venga, por aquí. —Una lucecita se encendió al final de la sala: una mujer mayor sostenía en la mano una pequeña linterna detrás de un mostrador—. Discúlpenos, pero últimamente tenemos problemas con la luz…

Me acerqué al mostrador intentando no colisionar con cualquier mueble.

—Ahora mismo llamo al señor Sasiain —dijo guiñando un ojo.

Al cabo de unos minutos de tenso silencio apareció un hombre, alto, apuesto; más que caminar, parecía que se deslizara sobre el suelo. Me tendió la mano para que se la estrechase: ¡la madre que lo parió!, por poco suelto, casi me la parte, pero no dije nada.

—Encantado de conocerle, señor Gandarillas, es un placer tenerle entre nosotros —dijo con una voz atronadora, casi como la del león de la metro Goldwin-Mayer.

—Ah, no… El placer es mío… Tienen unas instalaciones fantásticas, muy… muy modernas y muy…

Joder, un momento. Disculpad. ¿Qué coño estoy haciendo? Esto empieza a parecer una novela; hombre, la historia tiene miga, pero eso no es lo que pretendía. La idea era reflejar lo más objetivamente posible los hechos que me acontecieron (esta palabra me la acaba de sugerir el compresor de texto; bueno, más que sugerir, me la ha cascado aquí sí o sí; en fin, puta sofimática…). Me pierdo… Ah, sí. Acontecieron. O sea, que me pasaron. Y que sufrí. Y ahí va mi advertencia… ¡Eh! ¿Habéis oído eso? Ah, no, nada. Es la cisterna del váter que vuelve a estar escacharrada. ¿Por dónde iba? Ah, sí, el señor Sasiain.

—Sígame, señor Gandarillas, le mostraré las instalaciones, su taquilla, su puesto y charlaremos por el camino, que eso siempre viene bien, ¿no cree? —dijo, guiñándome un ojo.

—Sí, sí, claro. Siempre viene bien.

Fuimos caminando en silencio por los oscuros pasillos mientras el señor Sasiain no dejaba de hablar. Que si esas instalaciones eran de lo más nuevo, moderno e innovador que había. Que si eso y que si lo otro; al final llegamos a la zona de los vestuarios. Estaba desierta, como el resto de la nave. De hecho, hasta ese momento no había caído en que a pesar de sus dimensiones, en el edificio sólo había visto dos personas: la momia de recepción y a la cacatúa humana con manos de acero del señor Sasiain que, como si me hubiera leído la mente, soltó:

—Claro que en un entorno tan automatizado, contamos con un personal reducidísimo. —Me sonrió, abriendo mi taquilla y mostrándome un traje metalizado—. Aquí tiene su uniforme. Polímero de última generación. Ya sabe, altas prestaciones —me aclaró, guiñándome un ojo.

—Sí claro, polímero, altas prestaciones —contesté, aunque no tenía ni puta idea de lo que estaba hablando.

—Perfecto, pues, vamos allá.

Me condujo hasta una pequeña sala llena de pequeños monitores; por lo menos había veinte.


Continuará...




2 revererberacions:

k ha dit...

Perfavóooo no ens deixis així!!!
Que és teu?.....si és que jo no m'entero!!!

Guille ha dit...

Joder, Eugeni... ¿no crees que deberías concluir esto? :)